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El jubileo del SIMCE

Martes 16 de Noviembre, 2021

 
El SIMCE ha sido suspendido en el quehacer de las escuelas de Chile. Desde fin de año de 2019, pasando por los años en medio de la pandemia 2020 y 2021, hemos asistido a la cancelación de este test de medición de la calidad educativa que regía desde noviembre de 1988. Es como si, pandemia mediante, se hubiera abierto en el sistema escolar chileno, un tiempo jubilar.

 

El SIMCE ha sido suspendido en el quehacer de las escuelas de Chile. Desde fin de año de 2019, pasando por los años en medio de la pandemia 2020 y 2021, hemos asistido a la cancelación de este test de medición de la calidad educativa que regía desde noviembre de 1988.

Es como si, pandemia mediante, se hubiera abierto en el sistema escolar chileno, un tiempo jubilar. El jubileo es un acto ritual religioso que tiene origen en el Antiguo Testamento de la Biblia. Era el tiempo consagrado a una liberación de ciertas obligaciones, en particular se liberaban los esclavos, las tierras destinadas al cultivo descansaban y no se explotaban, había devoluciones de ciertas posesiones que se habían adquirido y se condonaban las deudas (Cfr. El libro del Deuteronomio cap. 15 y el libro del Levítico cap. 25). Posteriormente, la Iglesia Católica tomó esta rica tradición y planteó años jubilares cada 50 años, vinculándolos a una especial celebración de la salvación donada por la muerte y resurrección de Jesús. 

De manera análoga, las escuelas de Chile, en medio de este tiempo inaudito, trágico en muchos aspectos y que ha sobre exigido a las comunidades educativas, han sido liberadas del peso de rendir esta prueba que regulaba y condicionaba de sobre manera la actividad pedagógica, como mucha literatura académica ha documentado ampliamente desde hace diez años.

En este tiempo inédito, hemos asistido a la cancelación de un dispositivo evaluativo que marcaba y vertebraba de modo candente el sistema escolar chileno. Cada año, se esperaban estos resultados en múltiples niveles de la sociedad generando debates en torno a lo que estaba al debe en la educación escolar chilena y las escuelas católicas no eran ajenas a estas dinámicas y, probablemente, eran condicionadas en su quehacer por aquellas.

Pues bien, en estos años pandémicos, pero jubilares respecto del SIMCE, hemos redescubierto que el impulso a la actividad pedagógica es la convicción competente acompañada por el amor para quienes se van insertando en este mundo en el cual han llegado; que la atención a las diferentes dimensiones de todas las personas involucradas en las comunidades educativas era primordial, especialmente aquellas que han parecido olvidadas o simplemente pasadas a llevar, como la dimensión socio-emocional. 

En los colegios católicos, también se abrieron oportunidades, justamente porque, entre otros factores de novedad y complejidad, faltaba la presión correspondiente por la cobertura curricular y por rendir esta histórica prueba estandarizada. Por el contrario, han surgido diferentes iniciativas que han implicado, entre otras cosas, una nueva alianza entre escuelas y familias, padres y apoderados en su diversidad de contextos. Hemos asistido a la búsqueda de un enfoque pedagógico más centrado en los estudiantes y sus necesidades vitales. Sin el SIMCE el sistema siguió funcionando, más aún podría afirmarse que hemos empezado a comprender de mejor forma y llenar de significados la declarada y anhelada educación integral. Se ha avanzado en una nueva comprensión de la calidad educativa: no ligada a resultados cuantitativos, sino que ligada a las cualidades de sentido de la educación.

La ausencia del SIMCE en el panorama educativo chileno pone al menos dos vertientes de interrogantes para el futuro del sistema escolar. La primera tiene que ver con cómo la política procesará esta suspensión. El momento general es de demandas de cambio y transformaciones respecto de lo que ha regido la vida político-pública del País. ¿Cómo la política compaginará y procesará estas demandas junto con la experiencia vivida por los colegios en este tiempo? ¿Estamos asistiendo a la transición desde el tiempo de la medición de la calidad, de su aseguramiento hacia un tiempo de políticas de apoyo, confianza y desarrollo de capacidades para los colegios desde una institucionalidad estatal coherente y bien articulada? Se lograrán hacer propuestas de una evaluación más formativa o el SIMCE podría re aparecer en el horizonte? 

La segunda vertiente de preguntas es relativa a cómo las mismas comunidades educativas reflexionarán, harán tesoro de este tiempo y lo dotarán de sentido, confirmando y revitalizando los enfoques pedagógicos de estos últimos dos años y desarrollarán propuestas educativas pertinentes a las personas y territorios donde operan. Los colegios católicos han dado muchas y diversas respuestas de este tipo con creatividad y empeño en estos últimos dos años. 

Se trata de que los colegios sigan tomando las riendas de la educación buena y valiosa que pueden proporcionar al país y que repiensen también las formas evaluativas a las cuales estamos acostumbrados: se abre la posibilidad de evaluar las modalidades evaluativas que se han afincado en nuestras escuelas y que podrían mermar el horizonte ideal declarado de la educación integral. Es lo que hemos comenzado a ver y experimentar en este tiempo en que, tal vez, hemos asistido a la jubilación del SIMCE.

Carmelo Galioto: Investigador en educación de la Universidad de O'Higgins.  Coautor del documento "Un Modelo para la Escuela Católica. Principios, enfoques y herramientas".


 

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