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LA CONTRIBUCIÓN DE LA CLASE DE RELIGIÓN EN CHILE
A LA FORMACIÓN ÉTICA Y EN VALORES
Mons. Fernando Ramos
Vicario para la Educación
1. Introducción
Agradezco cordialmente la gentil invitación a participar en este Foro Espiritual de Santiago por la Paz. Me siento profundamente honrado el que se me haya cursado esta invitación en representación de la Iglesia Católica. El solo hecho de participar en un foro o en un panel en la actualidad es un privilegio, ya que pareciera que los tiempos actuales acentúan fuertemente el hacer y, por ende, el activismo, dejando poco espacio a la reflexión y al debate sereno acerca de los temas importantes de nuestra vida y de nuestra sociedad. Más aún, agradezco que se me invite a un encuentro que pretende reunir a representantes de distintas confesiones religiosas, teniendo como telón de fondo la contribución de la fe, en sus más variadas expresiones humanas, en el desarrollo de un estilo de vida y de convivencia animado y modelado por la paz.
2. Situación legal de la clase de religión en Chile
La educación religiosa en nuestro país se remonta evidentemente al período colonial. Como parte de las tierras de la corona española, monarquía exclusivamente católica, no había otra posibilidad que otorgar una educación católica. De hecho, por el derecho de patronato concedido por el Santo Padre al Rey de España, éste tenía que velar por la difusión de la fe católica en las nuevas tierras y por la manutención de la Iglesia en ellas. Cuando Chile comienza a dar sus pasos de nación independiente, no obstante los fuertes desajustes que experimentó nuestra sociedad, el Estado nacional siguió siendo católico, debido a la unión entre la Iglesia y el Estado.
En 1925 se dio un vuelco importante. La separación entre la Iglesia y el Estado, separación considerada por muchos como un modelo por lo pacífica y equilibrada, trajo como consecuencia que la educación religiosa fuera prácticamente excluida del sistema educacional fiscal o estatal. Eran tiempos que se consideraba la experiencia religiosa como algo individual e intimista y, por consiguiente, la educación formal del Estado no debía hacerse cargo de esta dimensión tan importante de la persona humana. De igual forma, se declaró la libertad de culto y de conciencia. Paralelamente, el sistema educacional privado, casi exclusivamente en manos de la Iglesia Católica, seguía con entusiasmo enseñando religión en sus establecimientos; era un principio indiscutido, a saber, los privados tenían derecho a enseñar su religión.
Un nuevo cambio se produce en 1983 con el Decreto Supremo Nº 924 del Ministerio de Educación , pues dicta la normativa acerca de la clase de religión en todos los establecimientos educacionales del país, incluidos los de administración estatal o municipal, y las condiciones para que los profesores de religión obtengan la respectiva habilitación para ejercer como docentes del sector. Esta nueva normativa, que rige hasta el presente salvo con algunas pequeñas especificaciones posteriores que se refieren especialmente a los profesores de religión, ha permitido que la educación religiosa no sólo haya seguido en los colegios católicos, sino también que se haya ofrecido e implementado en los colegios laicos y en los municipales. Dos cosas caracterizan este cambio: por una parte, la educación religiosa se puede ofrecer a todos los alumnos en ningún caso se impone; son los padres o apoderados los que aceptan o rechazan que los alumnos asistan a estas clases y, por otra, se aprueba la posibilidad que otras confesiones religiosas puedan dar clases de religión en los establecimientos educacionales municipales, previa presentación y aprobación de los respectivos programas de estudio. En efecto, tengo entendido que actualmente hay más de 10 programas de educación de distintas confesiones religiosas aprobados por el Ministerio
Finalmente, desde la perspectiva de las clases de religión católica, el último hito importante es en el año 2005, cuando la Conferencia Episcopal de Chile aprueba los nuevos programas de religión, denominados Educación Religiosa Escolar Católica (EREC), los que constituyen un serio esfuerzo para articular toda la educación religiosa católica en Chile en un esquema armónico y coherente que abarca los niveles prebásico, básico y medio.
3. Importancia de la Religión en la Educación
El rápido esbozo que hemos expuesto sobre la educación religiosa en Chile nos permite visualizar dos tendencias que se han dado en nuestro país. La primera asume que la religión es parte importante de las vivencias y experiencias humanas y, por eso, debe ser incorporada a la educación nacional. La otra subraya que la dimensión religiosa puede ser importante para algunos, pero que eso se debiera vivir y expresar en el ámbito privado y de lo estrictamente personal, de manera que no es necesario y tal vez inconveniente que exista la asignatura de religión en la escuela pública.
Para la Iglesia, la enseñanza de religión, tanto en las escuelas confesionales como en las así llamadas laicas y públicas, al menos como ofrecimiento, es sumamente importante, no tanto porque sea una especie de autojustificación o reafirmación de su naturaleza y misión como entidad evangelizadora, sino porque la dimensión religiosa constituye un elemento importante y fundamental de la persona humana y de su proyección en el mundo y en la historia.
En efecto, siempre en los más diversos pueblos y sociedades que se han organizado en la historia de la humanidad, la dimensión religiosa ha estado presente de manera fundamental. La referencia a Dios como Ser supremo es permanente e incluso ha habido diversos intentos de organizar algunas sociedades de manera teocrática. El fenómeno del ateísmo y del agnosticismo, tan de moda actualmente en nuestro país, son representaciones muy recientes en la historia de la humanidad. Es cierto que cuando hablamos de religión en las culturas es muy probable que hagamos referencias a símbolos, representaciones, vivencias y conceptualizaciones muy distintas, pero todas ellas tienen en común que se trata de un intento de ofrecer una determinada cosmovisión y una determinada respuesta al encuentro a veces dramático entre la inmanencia del ser humano y su aspiración y deseo de trascender a una mayor plenitud que se conecta necesariamente con el encuentro con su Creador. Esto es lo que llamamos experiencia religiosa, lo cual se traduce en una determinada religiosidad.
Desde esta perspectiva, una verdadera educación que aspira efectivamente a entrar en profundidad en lo que significa formar a la persona humana en su totalidad no puede sino que incorporar la dimensión religiosa en todos sus procesos. Si no es así se arriesga una educación truncada, sesgada, insuficiente y, por eso mismo, absolutamente inadecuada a las necesidades de los estudiantes.
La dimensión espiritual del ser humano no es un invento de una mente enfermiza; es la expresión del anhelo de infinito, de trascendencia, de conexión vital con el Creador. Pero como expresión de una realidad humana, como tantas otras, es susceptible de desarrollo y crecimiento; por consiguiente, es una dimensión educable.
La enseñanza de religión necesariamente tiene que intentar una formulación coherente de lo que significa esa determinada religión. Sería una experiencia inútil si tratáramos de evadir la responsabilidad de dar una visión racional de lo que es la experiencia religiosa y de cómo ésta se organiza para ofrecer la vinculación vital del ser humano con su Creador. En palabras de San Pedro, tenemos que dar razón de nuestra esperanza (1Ped 3,15) para que lo auténticamente religioso salga de la esfera de lo esotérico, de lo mágico, de lo metahistórico para que aterrice y se asiente en lo verdaderamente humano.
La tradición judeo-cristiana tiene una larga experiencia acerca del encuentro maravilloso del hombre con Dios en la historia. El pueblo elegido fue evolucionando en su concepción de Dios desde el Dios que conducía una tribu de pastores, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, hasta el Dios que se revelaba como Yahveh, como “Yo Soy el que Soy”, el que se muestra en la historia de su pueblo como aquel que está constituyendo y salvando a su pueblo permanentemente. Es, en definitiva, el Dios que hace alianza con su pueblo.
El cristianismo continúa con esta lectura de Dios y agrega el hecho inesperado que Dios se hace creatura y entra irrumpiendo en la historia humana para hacer allí una alianza definitiva en la que la tensión entre lo trascendente y lo inmanente, entre lo divino y lo humano, se resuelve para siempre en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.
Vistas así la cosas, como Dios toca y acaricia lo auténticamente humano en su Hijo Jesucristo, es evidente que una realidad tan intrínsecamente humana como su actuar, sus operaciones y su conducta, tenga que estar necesariamente asumida en ese diálogo permanente entre Dios y los hombres que la religión está llamada a articular y a organizar. Aquí es donde vemos que lo religioso se conecta de manera irrenunciable con lo ético, con la moral y con las conductas humanas. Esto es tan fuerte y dramáticamente presente en la experiencia religiosa que Dios, al revelarse a Moisés en el Monte Sinaí, estableció una alianza en la que su pueblo escogido se comprometía a cumplir el Decálogo, como único medio para verificar la fidelidad de ese pueblo a la alianza contraída con Dios.
La estrecha conexión entre religión y conducta moral es expresión de la cercanía y preocupación de Dios por sus criaturas. A Él no le es indiferente cuánto haga y realice el hombre, porque en sus obras la persona humana se actualiza, se desarrolla, crece o se destruye, o se aplasta, o se aniquila en una dinámica autodestructiva que lo aleja de su vocación a la plenitud que se da en la comunión con su Creador.
Por este motivo, una educación religiosa tiene que abordar la dimensión ética y moral que busca responder a la pregunta ¿qué debo hacer? ¿cómo debo actuar en la vida? ¿a partir de qué criterios, de qué valores debo actuar? ¿tiene sentido buscar el bien?
A la hora de formular algunas pistas para abordar el tema de cómo la educación religiosa ayuda a la formación ética en valores, me parece que necesariamente se deben asumir las siguientes cuatro dimensiones que están claramente presentes en la EREC:
La persona humana en relación con su Creador: Es evidente que la religión intenta adecuar la relación del hombre con Dios, pero en el orden ético esta relación también tiene implicancias, ya que es la que permite articular el resto de las relaciones. A partir de las enseñanzas de Jesús, la categoría que mejor define este tipo de correspondencia es la filiación , es decir, el que la persona humana se comprenda como hijo que recurre a su Creador como Padre . De esta forma, las conductas y modos de obrar del hombre en relación con Dios debieran estar determinadas por esta filiación.
La persona humana en relación con los demás: No hay acción humana que se haga prescindiendo de las otras personas; el hombre no está solo en el universo; está con otros e interactúa con ellos. De aquí, entonces, emerge la pregunta acerca de qué categoría es la que puede regular la relación entre los seres humanos. Nuevamente la fe en Jesucristo propone una vía de solución: si somos hijos de un mismo Padre, entre nosotros necesariamente tenemos que ser hermanos . La fraternidad es la categoría que puede y debe regular las relaciones entre los hombres. Esto no es solamente importante para las relaciones entre dos personas, sino también en cómo la persona puede y debe intervenir en la sociedad en la que se encuentra inmerso; la búsqueda del bien común será un objetivo realizable en la medida que se entienda como la búsqueda del bien para los hermanos.
La persona humana en relación consigo mismo: Una de las crisis más agudas de la sociedad contemporánea es la pérdida del sentido de sí mismo. La pregunta de cómo me relaciono conmigo mismo no es inútil, ya que condiciona el cómo me relaciono con los demás. No por casualidad Jesús, siguiendo al Levítico, nos invita a amar al prójimo como uno se ama a sí mismo (Mt 22,39), dando así una concretización admirable a lo que significa ser hermano de los demás.
La persona humana en relación con el cosmos: La tradición judeo-cristiana ha comprendido siempre que la creación entera ha sido puesta en las manos de los hombres por Dios mismo, no para que la destruya sino para que allí pueda desplegarse, crecer y multiplicarse. Allí el hombre puede ejercer su señorío , pero respetando sus anteriores relaciones de hijo y hermano; así se podrá perseverar y cuidar lo que Dios le ha encargado de cuidar para su propio bien. Esto permitirá situar en su justa medida las intervenciones que el hombre pueda realizar en el medio ambiente, sin destruirlo o modificarlo de manera sustantiva.
5. Algunas urgencias en la formación de valores en Chile
Siguiendo los principios antes enunciados, me aventuro en la osadía de proponer algunos puntos que me parecen urgentes en la formación de valores actualmente en nuestro país.
No debemos olvidar la formación de las virtudes humanas. Las generaciones nuevas corren el riesgo de diluirse en una búsqueda desesperada de lo efímero, de lo sensible, de la imagen fugaz, sin ninguna referencia a aquello que realmente hace crecer, ennoblecer y enriquecer al género humano. Las tradicionales virtudes del esfuerzo, la honestidad, la fortaleza y tantas otras ofrecen un sendero a veces arduo, pero eficaz para que la persona humana florezca y se despliegue de acuerdo a la verdad de sí misma.
La búsqueda del bien común debe animar el verdadero sentido cívico: A diario vemos como distintos agentes sociales nos desilusionan por actitudes que no se condicen con la de un servidor público. El sentido cívico no es tarea de algunos; es un llamado para que todos actúen en la sociedad promoviendo y buscando lo que realmente beneficia a la comunidad.
Hay que superar la dicotomía entre moral religiosa y moral laica, entre moral de una confesión y moral autogenerada. La moral no puede privatizarse, ni tampoco es objeto de una revelación oculta y desconocida. La moral y la ética tienen sentido porque responden a la condición humana y es posible, por medio de la razón, articular un discurso ético en el que todos se vean retratados. No existe la moral de grupos que sea ajena o distinta a la que viven otros seres humanos. La búsqueda del bien no es tarea de algunos; es de todos y todos lo pueden reconocer.
La resolución de conflictos en la sociedad es posible en la medida que haya un sustento ético. Lamentablemente a diario vemos como explotan diversos conflictos violentos fuera y dentro de nuestro país. La tensión, diferencias de opinión y divergencias es normal en una sociedad, pero lo que no puede aceptarse es que se intente resolverlos por acciones violentas, autoritarias o impositivas de un grupo contra otros.
6. Palabras finales
El desafío de la educación religiosa no es solamente presentar adecuadamente un conjunto de verdades que permita a los destinatarios estar más convencidos que su religión es la mejor o la correcta. Se trata de algo más profundo y tal vez difícil. Debe intentar descubrir que la religión tiene que ver con Dios y con los hombres, con la vida futura y también con la vida presente, de manera que el actuar cotidiano se vea iluminado por la relación con Dios. De esta forma, la educación religiosa ayudará a conocer más y mejor a Dios, a reflexionar acerca de cómo actuar en la vida; en definitiva, a generar los adecuados y verdaderos valores que deben animar la construcción de la paz en todo tiempo y lugar.
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