La comunión de los discípulos misioneros de Jesucristo y su formación según Aparecida
Fernando Ramos
Vicario para la Educación
1. Introducción
He sido invitado por la Conferencia Episcopal, organizadora de este interesante encuentro, para presentarles dos aspectos fundamentales del Documento Final de Aparecida, cuya divulgación ha sido ya autorizada por el Santo Padre. Se trata, por una parte, de cómo los discípulos misioneros de nuestro continente deben vivir y expresar la comunión y, por otra, de cómo estos mismos discípulos se han de formar para llevar a cabo la misión evangelizadora. Reconozco que he asumido esta tarea con “temor y temblor”, pues, a diferencia de algunos aquí presentes, yo no participé en la maravillosa reunión que fue Aparecida, de manera que todo cuanto diga al respecto será simplemente fruto de la lectura atenta del mencionado documento.
Para tratar estos temas, comenzaré con una breve referencia a la ubicación de la comunión y la formación de los discípulos misioneros al interior del Documento de Aparecida, para después centrarme en ambos asuntos de manera más detallada y por separado.
2. La comunión y la formación de los discípulos misioneros en Aparecida
Tal como señala el nº 19, Aparecida se presenta en continuidad con las anteriores Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano, especialmente en la utilización del ya clásico método “ver, juzgar y actuar”. Para evitar cualquier distorsión que pueda surgir por el empleo de una óptica inadecuada o sesgada del método, se apresura a enfatizar que “La adhesión creyente, gozosa y confiada en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y la inserción eclesial, son presupuestos indispensables que garantizan la eficacia de este método” (Aparecida, 19).
Desde esta perspectiva, el Documento se divide en tres partes. La primera, constituida por dos capítulos, es una mirada atenta, desde la condición de discípulo misionero de Jesucristo, a la realidad de nuestro continente. La segunda, conformada por 4 capítulos, presenta una matriz cristológica para subrayar que la condición de discípulo misionero se entiende solamente a partir de su inserción en la vida de Jesucristo. Por último, la tercera parte, también con 4 capítulos, delinea cuál debiera ser la acción de los discípulos misioneros para que la vida de Cristo dé vida abundante en los pueblos del continente. De esta forma, el Documento queda conformado por 10 capítulos estructurados en tres partes.
Las materias que nos ocupan ahora se encuentran en la segunda parte del Documento, es decir, la parte que se refiere a la vida de Jesucristo en los discípulos misioneros. Después de referirse a la alegría que embarga al discípulo misionero, por el hecho de anunciar el evangelio de Jesucristo, y por eso se alaba y bendice a Dios, correspondiente al cap. 3, y a la consiguiente vocación a la santidad de aquél, el cap. 4, Aparecida entra en dos conceptos fundamentales de la condición de discípulo misionero, que son justamente los objetos de esta ponencia: el primero abarca el ámbito propiamente eclesiológico en donde se desenvuelve la vocación del discípulo misionero y es explicitado bajo la categoría de comunión, que es el cap. 5; el segundo trata del proceso que conduce a la configuración del alma del discípulo misionero, utilizando la categoría de itinerario formativo, el cap. 6.
¿Qué nos dice, entonces, Aparecida acerca de esta doble dimensión, de la comunión y la formación? ¿Por qué son tan importantes para la vida de los discípulos misioneros de nuestro continente? Una mirada a los caps. 5 y 6 nos dará luces al respecto.
3. La comunión de los discípulos misioneros en la Iglesia (cap. 5)
3.1 El punto de partida del cap. 5
Uno de los méritos de Aparecida es que cada paso que da o cada argumento que intenta desarrollar lo hace a partir de una certeza y, evidentemente, trata, con éxito según mi parecer, de formular con nitidez tal certeza. Desde esta perspectiva, el cap. 5 hay que verlo muy unido al cap. 4, ya que ambos arrancan desde la certeza que la vida cristiana se explica sólo desde una vocación, es decir, desde el llamamiento que hace Jesús a los hombres y mujeres; en el caso del cap. 4, la vocación es a la santidad; en el caso de nuestro cap. 5, es a vivir en comunión eclesial. Ambas dimensiones son parte del mismo llamado y dan cuenta de lo que significa ser discípulo misionero.
Entrando en el cap. 5, el énfasis por la comunión eclesial tiene dos dimensiones. Por una parte, Aparecida dirige una mirada atenta a la experiencia de los primeros discípulos con Jesús y constata que el llamamiento es a vivir en comunidad no sólo de los discípulos entre sí y con su Maestro, sino también con el Padre y ulteriormente con la misma Santísima Trinidad. Por otra, se atreve a presentar la comunión como la categoría fundamental y estructurante de toda la eclesiología presente en este cap. 5 y en todo el Documento. En efecto, la Iglesia es presentada como comunión de amor y comunión en el amor o la vocación al discipulado misionero es con-vocación a la comunión con la Iglesia. De esta forma, la diversidad de carismas, ministerios y servicios son expresión de los dones del Espíritu Santo para que sean puestos para el bien de la comunidad y así circule la caridad.
A partir, entonces, de esta categoría de la comunión, Aparecida se aboca a profundizar en distintos ámbitos eclesiológicos en donde se despliega y actualiza la vida de la Iglesia. Distingue, en primer lugar, los lugares eclesiales para la comunión; después se detiene en los discípulos misioneros con vocaciones específicas; dedica también un espacio a los que se han alejado de la Iglesia para unirse a otros grupos religiosos y, finalmente, dice una palabra sobre la comunión que se expresa en el diálogo ecuménico e interreligioso.
3.2 Lugares eclesiales para la comunión
El Documento establece cuatro lugares en donde se expresa de manera privilegiada la comunión eclesial. Estos son las diócesis, las parroquias, las comunidades eclesiales de base y pequeñas comunidades, y las Conferencias Episcopales y la relación entre las Iglesias.
a) Las diócesis: Con respecto a las diócesis, Aparecida afirma que son el lugar privilegiado en donde se expresa y se vive la comunión. Reunida y alimentada por la Palabra y la Eucaristía, la Iglesia católica existe y se manifiesta en cada Iglesia particular en comunión con el Obispo de Roma, la que es apacentada por el Obispo junto a su presbiterio. El Documento subraya que la diócesis es el primer ámbito de la comunión y la misión, y que ella debe impulsar y conducir una acción pastoral orgánica renovada y vigorosa, de manera que la variedad de carismas, ministerios, servicios y organizaciones se orienten en un mismo proyecto misionero para comunicar vida en el propio territorio.
b) Las parroquias: En lo que se refiere a las parroquias, los Obispos en Aparecida vuelven a insistir que éstas han de ser comunidad de comunidades, una verdadera casa y escuela de comunión. A partir de la celebración de la Eucaristía, en donde la comunidad renueva su vida en Cristo, la parroquia vive y crece en la celebración de cada uno de los sacramentos y en la práctica de la caridad para con los más pobres.
c) Comunidades eclesiales de base y pequeñas comunidades: También Aparecida fija su mirada en las Comunidades eclesiales de base, valorando en ellas lo mucho que han ayudado en el continente a formar cristianos comprometidos con su fe. No niega los excesos que ocasionalmente se han producido en ellas, pero, manteniendo la continuidad con anteriores Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano, les reconoce la importancia que han adquirido en la vida eclesial en muchas partes, invitándolas a mantener la comunión con su Obispo e insertándose en el proyecto de pastoral diocesana. Algo similar afirma de otras pequeñas comunidades como movimientos apostólicos, pues ellos también son expresión de la vitalidad de la Iglesia.
d) Las Conferencias Episcopales y la comunión entre las Iglesias: En pocas líneas, el Documento se detiene en la expresión de comunión que existe en las Conferencias Episcopales, pues en ellas se manifiesta la espiritualidad de la comunión que contribuye eficazmente a la corresponsabilidad pastoral. Menciona brevemente la importancia de los vínculos entre Iglesias vecinas, que se pueden agrupar en una Provincia eclesiástica, pero nada dice de otras formas muy interesantes e importantes que han ido entrando en desuso como los Concilios Plenarios o Provinciales. Finalmente da un positivo reconocimiento a la labor del CELAM que en 50 años ha brindado servicios muy importantes a las Conferencias Episcopales del continente.
3.3 Discípulos misioneros con vocaciones específicas
Una vez que Aparecida ha centrado su atención en los lugares privilegiados donde se expresa la comunión eclesial, da un paso hacia algunas vocaciones específicas en la Iglesia, tales como los Obispos, los presbíteros, los diáconos permanentes, los fieles laicos y laicas, y los consagrados y consagradas. No obstante que el Documento en este punto no presenta toda la teología que se ha desarrollado desde el Concilio Vaticano II sobre estas vocaciones específicas, hace un serio esfuerzo por presentar a cada uno de ellos a partir de las categorías de discípulo misionero.
a) Los Obispos son presentados antes que nada como discípulos y misioneros de Jesús Sumo Sacerdote y, en virtud de esta condición, sirven al Pueblo de Dios como sucesores de los Apóstoles en comunión con el Papa, tratando de hacer de la Iglesia una casa y escuela de comunión.
b) Los presbíteros son considerados discípulos misioneros de Jesús Buen Pastor. Se parte valorando el extraordinario servicio que desarrolla la mayoría. Aquí se cita, para ilustrar la importancia de la devoción eucarística en ellos, una frase memorable de San Alberto Hurtado: “¡Mi misa es mi vida y mi vida es una Misa prolongada!”. Los Obispos en Aparecida son conscientes de que el presbítero está sometido actualmente a fuertes tensiones que lo interpelan. En concreto, nombra tres desafíos. El primero dice relación con su identidad teológica, pues se corre el riesgo de disminuir su identidad y reducirla a una simple representación de la comunidad, en circunstancias que es un don de Dios para beneficio de la comunidad. El segundo, se refiere a la importancia de que el presbítero conozca la cultura de las comunidades que debe servir, para que el mensaje de Jesús llegue a ser una interpelación válida, comprensible, esperanzadora y relevante. En tercer lugar, no se debe olvidar los aspectos vitales y afectivos, más precisamente la importancia del celibato, de una intensa vida espiritual y de una sana y fraterna relación con los miembros del presbiterio. Agrega el Documento que hay otros desafíos de tipo estructural que afectan la vida de los presbíteros, agobiándolos con una excesiva carga de trabajo. Por este motivo, se invita a que las diócesis y Conferencias Episcopales desarrollen una pastoral presbiteral que privilegie la espiritualidad específica y la formación permanente e integral de los sacerdotes. En este punto, Aparecida consagra una parte especial a los párrocos, quienes son invitados a renovarse en la perspectiva de convertirse en animadores de una comunidad de discípulos misioneros; así todos los organismos parroquiales y las acciones del párroco van a estar animados por este espíritu, especialmente en la celebración de la eucaristía, el sacramento de la reconciliación y en la atención de las familias.
c) De los diáconos permanentes, presentados como discípulos misioneros de Jesús servidor, se subraya que están llamados a servir a la Iglesia desde la doble sacramentalidad del matrimonio y del Orden, a través del servicio de la Palabra, de la caridad y de la Liturgia; son de gran ayuda para la formación de nuevas comunidades eclesiales y se espera de ellos un testimonio evangélico y un impulso misionero para que sean apóstoles en sus familias, trabajos, comunidades y nuevas fronteras de la misión.
d) Los fieles laicos y laicas son para Aparecida discípulos misioneros de Jesús Luz del mundo. Por consiguiente, se reafirma con claridad de que la misión propia y específica de los laicos se realiza en el mundo, de tal modo que con su testimonio y su actividad contribuyan a la transformación de las realidades y la creación de estructuras justas según los criterios del Evangelio. Sin embargo, no olvida el Documento que los laicos pueden también colaborar en la acción pastoral de la Iglesia, primero con el testimonio de sus vidas y, después, con acciones en el campo de la evangelización, la vida litúrgica y otras formas de apostolado según las necesidades locales bajo la guía de los pastores. Destaca de manera precisa la necesidad de una sólida formación de los laicos para que puedan sumarse a la gran tarea misionera de la Iglesia. Con respecto a los movimientos apostólicos, nuevas comunidades, comunidades eclesiales de base, Aparecida invita a los Obispos a ejercitar un adecuado discernimiento, animación, coordinación y conducción pastoral para que este don se ordene para la edificación de la única Iglesia.
e) Finalmente, los consagrados y consagradas son considerados discípulos misioneros de Jesús, Testigo del Padre. Valora el Documento el testimonio de los religiosos, religiosas y consagrados, tanto de vida contemplativa como activa en el continente, por medio de familias religiosas, Sociedades de Vida Apostólica e Institutos Seculares. Se les invita a que su presencia, vida fraterna en comunión y obras sean espacios de anuncio explícito del evangelio. Por este motivo, han de ser maestros de comunión al interior de la Iglesia y en la sociedad. A través de su estilo de vida en pobreza, obediencia y castidad dan testimonio de la absoluta primacía de Dios, incluso muchas veces en ambientes en que no son valoradas sus opciones. Nuevamente se invita a los Obispos a discernir las nuevas formas de vida consagrada que se presentan en la actualidad, para descubrir su sentido, necesidad y autenticidad.
3.4 Los que han dejado la Iglesia para unirse a otros grupos religiosos
El Documento de Aparecida, respondiendo a la constatación cada día más evidente de que muchos católicos abandonan la comunión con la Iglesia, afirma que este fenómeno no se produce por abandono de creencias o por razones de doctrinales, sino por razones estrictamente vivenciales y pastorales, es decir, han encontrado algo que previamente no lo hallaban en la Iglesia. Debido a esto, se propone reforzar cuatro ejes de la vida eclesial: la experiencia religiosa, la vivencia comunitaria, la formación bíblico-doctrinal y el compromiso misionero de toda la comunidad, de manera que disminuya el abandono de la Iglesia.
3.5 Diálogo ecuménico e interreligioso
Aparecida concluye la parte de la comunión refiriéndose al diálogo ecuménico y al diálogo interreligioso.
Con respecto al primero, señala que es un camino irrenunciable para el discípulo misionero, pues la falta de unidad con los hermanos separados constituye un escándalo, un pecado y un atraso del cumplimiento del deseo de Cristo. El ecumenismo es una exigencia que va más allá del ámbito sociológico, pues es evangélica, trinitaria y bautismal. Para conseguir la tan anhelada unidad, hay que tomar conciencia que es un don de Espíritu y, por eso, es un bien que hay que pedir a través de la oración. Además, se invita a difundir las declaraciones de la Iglesia en esta materia y estudiar el Directorio Ecuménico
En lo que se refiere al diálogo interreligioso, el Documento reconoce con gratitud los lazos que vinculan a la Iglesia con el pueblo judío e invita a incrementar el diálogo especialmente con las religiones monoteístas, como expresión de la misión que Cristo confió a sus discípulos. El diálogo interreligioso tiene un especial significado en la construcción de la nueva humanidad.
Hasta aquí el cap. 5 del Documento. Ha sido la parte propiamente eclesiológica y que, como decíamos, se estructura a partir de la categoría de la comunión. A continuación, entraremos en el cap. 6 que intenta describir el itinerario formativo de los discípulos misioneros.
4. El itinerario formativo de los discípulos misioneros (cap. 6)
4.1 El punto de partida e hilo conductor del cap. 6 de Aparecida
Así como el cap. anterior tenía como punto de partida la experiencia de la comunidad de discípulos de Jesús, el cap. 6 también tiene un punto de partida que se remonta a esa primera comunidad. Lo que cautivó a los delegados en Aparecida fue volver a la vivencia inicial de ese sujeto nuevo que surge en la historia que es el discípulo de Jesús. El cristiano surge por su encuentro personal con Jesucristo, de donde emerge la fe como adhesión vital a su persona. Esto es lo que ocurrió con los primeros discípulos de Jesús y es eso lo que los evangelios nos han transmitido a través de distintas representaciones. Sin embargo, ha sido en particular una de esas representaciones la que ha atraído más la atención de los participantes en Aparecida; se trata de la vocación de los primeros discípulos de acuerdo a la tradición del evangelio según san Juan. En este relato, dos discípulos de Juan Bautista siguen a Jesús cautivados por lo que su maestro les ha dicho; al darse cuenta Jesús que lo seguían, les pregunta qué buscan y ellos responden que quieren ver dónde vivía. Los invita, entonces, a venir y ver dónde vivía. Este trozo del evangelio termina señalando que efectivamente fueron y se quedaron con él aquel día.
A este pequeño pasaje del evangelio, Aparecida le consagra el número 244 para indicar que esta narración permanecerá en la historia como síntesis única del método cristiano. Dada la significación enorme de este pasaje del evangelio, los Obispos han querido que se transforme en el paradigma del itinerario cristiano de formación para que, quienes se encuentren con Jesucristo en la Iglesia, se conviertan en entusiastas discípulos y apasionados misioneros. Por este motivo, todo cuanto se expone en el cap. 6 hace necesaria referencia a la experiencia fundante de los primeros discípulos que nos narra la tradición joánica.
4.2 Lugares de encuentro con Jesucristo
El pasaje del evangelio de Juan que hemos escuchado pone el acento en el encuentro que tuvieron esos dos discípulos con Jesús; de esta forma, todo verdadero discipulado no puede concretizarse ni tiene posibilidades de ser auténtico si no parte de un especial encuentro personal con Jesús. Por esta razón, nuestros Obispos se preguntan por los lugares de encuentro con Jesús hoy en Latinoamérica.
Como premisa, Aparecida señala con nitidez que el encuentro con Jesucristo es posible por la acción invisible e inescrutable del Espíritu Santo y se realiza en la fe recibida y vivida en la Iglesia (cf. Aparecida, 246). A partir, entonces, de esta certeza sobre la importancia del sustrato eclesial y pneumático, el Documento define 8 ámbitos en donde es posible encontrar a Jesucristo:
a) La Sagrada Escritura leída en la Iglesia
Para Aparecida, la Sagrada Escritura es un lugar privilegiado para encontrarse con el Señor, ya que ha sido escrita bajo la inspiración del Espíritu Santo. El llamamiento de Aparecida, haciéndose eco de lo dicho por el Papa Benedicto XVI, es a tener un conocimiento profundo y vivencial de la Palabra de Dios para que sea verdadero alimento de los cristianos.
El Documento hace dos propuestas concretas en esta línea. Por una parte, alienta a que haya una pastoral bíblica, entendiendo como tal la “animación bíblica de la pastoral, que sea escuela de interpretación o conocimiento de la Palabra, de comunión con Jesús u oración con la Palabra y de evangelización inculturada o de proclamación de la Palabra” (Aparecida, 248). Por otra parte, promueve como medio privilegiado la Lectio divina, pues es un hermoso y eficaz ejercicio de lectura orante de la Palabra.
b) La Sagrada Liturgia
Por el sólo hecho de ser la celebración del Misterio Pascual, la Sagrada Liturgia es el lugar por excelencia en donde los discípulos de Cristo penetran en los misterios del Reino. Evidentemente, la celebración de la Eucaristía es la manera privilegiada para el encuentro con Jesucristo. Vivir la fe en la centralidad del Misterio Pascual de Cristo implica vivir unido a la Eucaristía, lo cual permite tener acceso a la fuente inagotable de la vocación cristiana que proyecta fuertemente el impulso misionero. Por esto, es fundamental que el discípulo misionero viva el domingo y las fiestas de precepto participando activamente en la celebración eucarística. La promoción de la pastoral del domingo es fundamental para un nuevo impulso en la evangelización del continente.
c) La oración personal y comunitaria
Cultivar la relación personal y una profunda amistad con Jesucristo es esencial para que el discípulo misionero logre comprender la voluntad del Padre. En este sentido, la oración diaria es un signo del primado de la gracia en el camino del discípulo misionero.
d) La comunidad cristiana y el amor fratern
En los distintos ministerios y servicios en la comunidad viva en la fe, así como en las diversas manifestaciones comunitarias, Jesús se hace presente de manera misteriosa y clara, ya que él se encuentra en todos aquellos discípulos que procuran hacer suya la existencia del Señor. De manera especial, Jesús se encuentra en los legítimos Pastores y en aquellos que dan testimonio de lucha por la justicia, por la paz y por el bien común para construir un mundo más justo y más fraterno.
e) Los pobres y los afligidos
Inspirándose en Mt 25,37-40, Aparecida recuerda que Jesús se encuentra especialmente en los pobres, afligidos y enfermos. La misma fe en Jesucristo debe llevar al discípulo misionero a hacerse cercano y amigo de los pobres e invita a tener presente que esta dimensión es un elemento constitutivo de la fe en Jesucristo. Asimismo, el testimonio de fe de muchos que sufren el dolor y la miseria se convierte en un verdadero acto evangelizador hacia el discípulo misionero.
f) La piedad popular
Aparecida dedica varios números a la religiosidad popular como un ámbito de encuentro con Jesús. No lo llama lugar sino espacio, destacando así la enorme importancia que le concede a este tipo de expresiones. Es muy probable que este reconocimiento tan considerable se deba a que la reunión de los Obispos delegados se realizó justamente en el mayor santuario mariano de Brasil, lugar que atrae a miles de peregrinos cada semana.
Varios aspectos importantes de la piedad popular son destacados, entre los que sobresale la invitación del Santo Padre a promover y proteger estas manifestaciones, ya que constituyen “el precioso tesoro de la Iglesia católica en América Latina” (Benedicto XVI, Discurso Inaugural de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, 1) y porque reflejan una sed de Dios enorme, que solamente los pobres y sencillos pueden conocer. Aparecida le concede especial importancia a las peregrinaciones que los fieles hacen a algún santuario, porque en ellas se puede reconocer al Pueblo de Dios en camino. Cada etapa es un paso que conduce al peregrino a entrar cada vez más en el misterio que lo supera y que vive con otros en una auténtica experiencia eclesial.
Si bien es cierto que la piedad popular se vive con otros y, a veces, en una multitud, no se trata de una espiritualidad de masas, debido a que las manifestaciones populares de fe penetran delicadamente la existencia personal de cada fiel, lo cual le permite encontrarse con el Señor en muchas de estas expresiones. Es auténticamente espiritualidad cristiana y popular porque constituye un verdadero encuentro personal con el Señor; integra mucho lo corpóreo, lo sensible, lo simbólico y las necesidades más concretas de las personas. En ocasiones habrá que evangelizar y purificar, pero eso no significa que esté privada de riqueza evangélica, sino que uniéndose a María y los santos puedan tener un contacto más estrecho con la Palabra de Dios e incrementar la participación en los sacramentos.
Por consiguiente, la espiritualidad popular no puede ser considerada un modo secundario de la vida cristiana, ya que significaría olvidar el primado de la acción de Dios por medio del Espíritu.
g) María, discípula y misionera
Inmediatamente después de la parte dedicada a la religiosidad popular, el Documento de Aparecida consagra varios números a María, discípula y misionera. Es presentada como la más perfecta discípula del Señor, debido a que por su fe, su obediencia a la voluntad del Padre y su constante meditación de la Palabra, llega a ser la máxima realización de la existencia cristiana. Como misionera, María trajo el Evangelio al continente americano, lo cual se advierte con nitidez en el acontecimiento guadalupano. De esta forma, María es una verdadera escuela de la fe que conduce al cristiano hacia el encuentro más profundo con el Señor.
h) Los apóstoles y los santos
Finalmente, también se reconoce a los apóstoles y a los santos un puesto destacado en la espiritualidad y el estilo de vida de las Iglesias del continente, ya que sus vidas son lugares privilegiados de encuentro con Jesucristo. Ciertamente ellos han sido, por una parte, un regalo enorme para el camino creyente de los cristianos de América Latina y, por otra, un estimulo eficaz para imitar sus virtudes en los distintas circunstancias de la hora presente.
Volviendo al texto inspirador de este itinerario formativo, en el que los primeros discípulos conocen a Jesús (Jn 1,35-39), se puede advertir que ese encuentro no fue algo fugaz. Se trató más bien de un encuentro que inmediatamente se transformó en una invitación a venir y a ver dónde Jesús estaba, a conocerlo a él, a entrar en la experiencia más profunda de vivir una auténtica formación para constituirse en discípulo misionero. Por eso, se describe el proceso de formación de los discípulos misioneros.
4.3 El proceso de formación de los discípulos misionero
El Documento de Aparecida, al respecto, afirma con seguridad que “la vocación y el compromiso de ser hoy discípulos y misioneros de Jesucristo en América Latina y El Caribe, requieren una clara y decidida opción por la formación de los miembros de nuestras comunidades, en bien de todos los bautizados, cualquiera sea la función que desarrollen en la Iglesia” (Aparecida, 276). Dicha formación será auténticamente cristiana sólo en la medida que siga el método empleado por Jesús con sus discípulos que los invitaba a venir y ver. Para tal efecto, el Documento entrega algunos aspectos fundamentales del proceso y define criterios generales para llevarlo a la práctica.
4.3.1 Aspectos fundamentales del proceso
Para describir el proceso formativo, Aparecida destaca cinco aspectos fundamentales que afloran de diversa manera en cada etapa del camino, pero que se compenetran íntimamente y se alimentan entre sí. Son diversas etapas de un mismo proceso:
a) El encuentro con Jesucristo: tal encuentro es la etapa fundamental del proceso, sin la cual es imposible que se verifique. Este encuentro con Cristo debe renovarse constantemente por el testimonio personal, el anuncio del kerygma y la acción misionera de la comunidad. El kerygma, en particular, es el hilo conductor de todo el proceso que conduce a la madurez del discípulo misionero.
b) La conversión: corresponde a la respuesta inicial de quien ha escuchado al Señor con admiración, cree en él por la acción del Espíritu y se decide a seguirlo cambiando su forma de pensar y vivir.
c) El discipulado: corresponde a un estadio de mayor madurez en el seguimiento del Maestro; por eso, la catequesis permanente y la vida sacramental son fundamentales para perseverar en la vida cristiana en medio del mundo.
d) La comunión: la vida cristiana vivida en comunidad es criterio inequívoco de autenticidad, pues confiere el sello tan necesario de la eclesialidad.
e) La misión: el discípulo que conoce, ama y sigue a su Señor se ve en la necesidad de compartir con otros su alegría de ser enviado a anunciar al mundo a Jesucristo muerto y resucitado, a hacer realidad el amor y el servicio a los más necesitados, a construir el Reino de Dios. No hay verdadero discipulado sin la misión.
4.3.2 Criterios generales del proceso formativo
Los aspectos o etapas antes señalados del proceso formativo, para que realmente éste pueda llevarse a cabo, necesitan de ciertos puntos de referencia o un marco de acción que permita orientar adecuadamente dicho proceso. Aparecida establece los siguientes cinco criterios generales que deben conducir la formación de los discípulos misioneros en nuestro continente:
a) Una formación integral, kerygmática y permanente: El proceso formativo requiere que integre diversas dimensiones y que sea permanente y dinámica.
b) Una formación atenta a dimensiones diversas: La formación debe abordar distintas dimensiones que van dando solidez al discípulo misionero:
la dimensión humana y comunitaria
la dimensión espiritual
la dimensión intelectual
la dimensión pastoral y misionera
c) Una formación respetuosa de los procesos: Es necesario que se respeten los procesos personales en este camino y que se establezca en cada diócesis, como eje central, un proyecto orgánico de formación aprobado por el Obispo e implementado por equipos competentes en la materia.
d) Una formación que contempla el acompañamiento de los discípulos: Se requiere capacitar a quienes puedan acompañar espiritual y pastoralmente a otros, de manera que cada sector del Pueblo de Dios sea formado de acuerdo con la peculiar vocación y ministerio al que ha sido llamado. En particular, se subraya que la formación de los laicos y laicas debe ser en función de su misión en el mundo en la perspectiva del diálogo y de la transformación de la sociedad.
e) Una formación en la espiritualidad de la acción misionera: Todo este proceso formativo no tendría sentido si no se basase en el estímulo de la docilidad al Espíritu Santo, a su potencia de vida que moviliza y transfigura las dimensiones de la existencia. No se trata de una simple devoción intimista; más bien, se intenta dar espacio al Espíritu para que transforme los corazones de las personas y las anime a anunciar a Jesucristo.
Después de presentar los aspectos fundamentales y los criterios generales del proceso formativo, el Documento de Aparecida hace un paréntesis y pareciera que se corta el hilo conductor del texto. Un biblista de formación histórico-crítica diría que es una contundente glosa. Da la impresión de que los autores del texto han querido consagrar un apartado especial e importante a la iniciación cristiana y a la catequesis. Si bien es cierto que podrían haberlo incorporado en alguno de los aspectos antes enunciados, también es cierto que por su importancia en la vida de la Iglesia merecían un lugar destacado.
4.4 Iniciación a la vida cristiana y catequesis permanente
Los Obispos parten de una constatación preocupante, tal vez dramática: “son muchos los creyentes que no participan en la Eucaristía dominical ni reciben con regularidad los sacramentos, ni se insertan activamente en la comunidad eclesial” (Aparecida, 286). Por esta razón, se plantea la necesidad de cuestionarse a fondo el modo en que se ha realizado hasta ahora la iniciación cristiana y de imaginar y organizar nuevas formas de acercamiento a estos cristianos, ya que si no se educa en la fe la Iglesia del continente no podrá cumplir su misión evangelizadora.
a) Propuestas para la iniciación cristiana: El Documento de Aparecida propone algunas vías. En primer lugar, vuelve a enfatizar que el momento fundante del discipulado es la recepción del anuncio del kerygma. Agrega que el itinerario formativo debe tener el carácter de experiencia que dé la posibilidad a una profunda y feliz celebración de los sacramentos; incluso llega a recomendar el método de las antiguas catequesis mistagógicas.
Termina proponiendo dos puntos concretos: por una parte, la parroquia ha de ser el lugar donde se asegure la iniciación cristiana. Por otra, hace un llamado a que el proceso catequístico formativo adoptado por la Iglesia para la iniciación cristiana, sea asumido en todo el continente como la manera ordinaria e indispensable de introducir en la vida cristiana; después vendrá la catequesis permanente a continuar la maduración de la fe.
b) Catequesis permanente: Se constata que la catequesis ha crecido enormemente en el continente a través de estructuras diocesanas que canalizan estas acciones y también a través de una cantidad muy grande de catequistas voluntarios, que generosamente prestan su tiempo a esta tarea. Sin embargo, se advierte con preocupación que no siempre la formación de éstos es satisfactoria. Los desafíos en América Latina y El Caribe requieren de una identidad católica más personal y fundamentada que se ha de obtener por medio de una catequesis adecuada y permanente. Por eso, se propone la elaboración de un itinerario catequético permanente en cada diócesis que abarque toda la vida, desde la infancia hasta la ancianidad.
Tras abordar la importancia de la iniciación cristiana y de la catequesis, el Documento cierra el paréntesis y retoma el hilo conductor unitario, entrando así en el tema fundamental de los lugares de formación de los discípulos misioneros.
4.5 Lugares de formación de los discípulos misioneros
Esta es la última gran subdivisión del capítulo 6, a la que le dedica 46 números. Después de haber presentado el cómo se da el proceso de formación del discípulo misionero, se propone abordar en profundidad el dónde se verifica ese proceso, es decir, cuáles son las instituciones eclesiales que forman a los cristianos de nuestro continente.
4.5.1 La familia
La primera escuela de la fe en América Latina es la familia. Es allí donde se conoce a Dios y se participa junto a los suyos en la respectiva comunidad eclesial. Por este motivo, la pastoral familiar ha de ofrecer a los padres abundantes posibilidades materiales y pastorales para que ellos puedan potenciar su papel de educadores en la fe de sus hijos.
A continuación retoma algunos ambientes eclesiales en donde se verificaba la comunión, pero ahora como lugares de formación de los discípulos misioneros tales como
4.5.2 Las parroquias
4.5.3 Las pequeñas comunidades eclesiales
4.5.4 Los movimientos eclesiales y nuevas comunidades
4.5.5 Los Seminarios y Casas de formación religiosa
En seguida se detiene en los seminarios y casas de formación religiosa, ya que en ellos se forman los discípulos misioneros por antonomasia. Concede un puesto importante a la pastoral vocacional, que no debe limitarse únicamente al ministerio sacerdotal o a la vida consagrada, sino que ha de considerar también el discernimiento vocacional para la vida laical. No obstante el esfuerzo que se puede desplegar en conseguir más vocaciones de todo tipo, hay que considerar que ellas son, sobre todo, un don de Dios y, por eso, hay que rogar al dueño de la mies para que envíe operarios.
Con respecto a los Seminarios, Aparecida destaca que los futuros presbíteros han de formarse en un ambiente similar al de la comunidad apostólica en torno a Cristo Resucitado: oración en común, vida litúrgica, conocimiento de las enseñanzas del Señor en las Sagradas Escrituras, servicio pastoral, vivencia de la caridad; todo esto para ir moldeando en los seminaristas el corazón de Jesús Buen Pastor.
De igual forma, indica algunos aspectos relevantes en la vida de los Seminarios, tales como la importancia de contar con buenos y preparados Formadores, hacer una adecuada selección de los candidatos al sacerdocio, elaborar proyectos educativos que ofrezcan a los seminaristas un verdadero proceso integral centrado en Jesucristo, a partir de una sólida espiritualidad, que desarrolle también un amor tierno y filial a María.
Aparecida enfatiza, además, que se debe prestar particular atención a la formación humana, en especial la afectiva, hacia la madurez de la persona, de manera que la vocación al ministerio sacerdotal como hombres célibes sea un proyecto estable y definitivo de los formandos, en medio de una cultura que exalta lo desechable y lo provisorio. Exhorta a que el ambiente de los Seminarios sea de una sana libertad, incentivando la responsabilidad personal. Pide que en ellos haya una formación intelectual seria y profunda, en el campo de la filosofía, teología, ciencias humanas, misionología, con atención crítica al contexto cultural del presente, y con reforzado conocimiento de la Palabra de Dios. Los jóvenes provenientes de familias pobres o de grupos indígenas deben recibir una formación inculturada. Recuerda, finalmente, que la formación en el Seminario no es nunca acabada, ya que debe prolongarse en la formación permanente del presbítero.
4.5.6 La Educación Católica
El último lugar considerado por los Obispos en Aparecida como ambiente de formación de los discípulos misioneros es la educación católica. Aquí nuevamente se advierte un salto en el hilo conductor. Un biblista diría que se trata de una sutura redaccional, es decir, en este punto se agregó un texto de otra tradición o de otra mano, pues cambia el lenguaje; por ejemplo, ya no se habla de “discípulos misioneros”, sino que en un único número se dice dos veces “discípulos y misioneros”, en tanto que se insiste en repetidas ocasiones en la formación de la persona humana o del ser humano. También cambia el estilo, debido a que el texto aquí plantea más bien lo que puede y debe ser la educación católica en el continente. Esto no debiera extrañarnos, ya que es un texto elaborado colectivamente; por consiguiente, es muy difícil mantener una absoluta coherencia literaria y estilística.
El texto en esta parte comienza con una constatación de cómo se plantean hoy las reformas educacionales en América Latina. Preocupa que la educación esté básicamente enfocada en la adquisición de conocimientos y habilidades, evidenciando un claro reduccionismo antropológico. Además, frecuentemente se propicia la inclusión de factores contrarios a la vida, la familia y una sana sexualidad. Por estas razones, se está inculcando una educación desvinculada de los valores más elevados de los seres humanos y ajena al auténtico espíritu religioso de los jóvenes. La escuela, por el contrario, debiera ser un “lugar privilegiado de formación y promoción integral, mediante la asimilación sistemática y crítica de la cultura, cosa que logra mediante un encuentro vivo y vital con el patrimonio cultural” (Aparecida, 329). De esta forma, las disciplinas que se enseñan no son sólo un saber por adquirir, sino también valores por asimilar y verdades por descubrir. En este sentido, es fundamental que la escuela ponga de relieve la dimensión ética y religiosa de la cultura para que el proceso de humanización y personalización del ser humano sea completo.
Una vez establecidas las premisas sobre la educación, el texto se refiere más en particular a la escuela y a la Universidad católicas.
a) Los centros educativos católicos:
Para referirse a los centros educativos católicos, Aparecida señala que la educación propiamente cristiana “educa hacia un proyecto de ser humano en el que habite Jesucristo con el poder transformador de su vida nueva” (Aparecida, 332). Esta dimensión recapituladora de Jesucristo es lo que permite integrar la dimensión trascendente del ser humano con su dimensión inmanente, la que hace confluir lo religioso con lo mundano.
El texto llama a una profunda renovación de la Escuela católica que implique rescatar la identidad católica de estos establecimientos. Esto será posible en la medida que dicha renovación promueva la formación integral de la persona humana, teniendo como fundamento a Jesucristo, estimule la identidad eclesial y cultural con excelencia académica y, además, genere solidaridad y caridad con los más pobres. Para conseguir esta renovación católica, se propone que la educación en la fe sea integral y transversal en todo el currículo, lo cual convertirá a la escuela en formadora de discípulos misioneros.
b) Las universidades y centros superiores de educación católica
Con respecto a las Universidades e Institutos Superiores de educación, el Documento es más bien escueto; reafirma que ellos están llamados a cooperar en la misión evangelizadora de la Iglesia y, por eso, sus actividades han de vincularse y armonizarse con esa misión. En las Universidades debe darse de manera excelente el diálogo fe y razón, fe y cultura, y procurar una adecuada formación de profesores, alumnos y administrativos a través de la Doctrina Social y Moral de la Iglesia para que sean capaces de un compromiso solidario con la dignidad humana y la comunidad entera.
En este contexto, la pastoral universitaria debe acompañar a todos los miembros de la comunidad universitaria en su encuentro personal y comprometido cada vez más cercano a Jesucristo.
Finalmente, dedica unas palabras a los Centros e Institutos de Teología y Pastoral estimulándolos a asumir con entusiasmo la formación y actualización en estas disciplinas de los agentes de pastoral. Se valoriza positivamente el surgimiento en los últimos años de varios de estos centros, así como también la rica reflexión filosófica, teológica y pastoral después del Concilio Vaticano II en la Iglesia Latinoamericana.
Concluye alentando a las diócesis, congregaciones religiosas, agrupaciones de laicos que mantienen escuelas u otras instituciones educacionales básicas, medias o superiores a proseguir incansablemente en su abnegada e insustituible misión apostólica.
5. Palabras finales
No quisiera terminar estas palabras sin antes manifestar y compartir con los aquí presentes algunas impresiones personales que me surgen de la lectura de este texto.
Creo que los dos capítulos ahora analizados son un gran y serio esfuerzo para dar respuesta a una constatación que seguramente se hizo sentir en Aparecida: los tiempos actuales exigen, de parte nuestra, una acción decidida para mejorar la formación de los agentes pastorales, ordenados, consagrados y laicos, a partir de la categoría que traspasa todo el documento, es decir, la de ser discípulo misionero que necesariamente ha de vivir en comunión.
Asimismo, me parece un gran acierto que en esta Asamblea General del Episcopado Latinoamericano se hayan integrado ambas dimensiones, la de discípulo y la de misionero, en una sola síntesis. No se puede ser discípulo de Jesús, si no se siente la necesidad de comunicar a otros la alegría de seguir al Señor; tampoco se puede ser misionero, si no ha habido una profunda conversión que lo transforme en discípulo del Maestro. No son dos etapas separadas de un proceso, sino más bien, como dijo el Papa, dos caras de la misma moneda.
Me parece, además, que se ha utilizado el mejor punto de partida para proponer el itinerario formativo que debe animar la vida y la acción de la Iglesia. Posar la mirada en el camino que hicieron los primeros discípulos, según nos lo narran los evangelios, no sólo permite beber de la fuente inagotable de la Escritura, sino también nos conduce a contemplar la acción misma de Jesús.