CONCLUSIONES III ENCUENTRO DE ALUMNOS DE COLEGIOS CATÓLICOS
Santiago, 9 y 10 de septiembre de 2003
En el marco de este año vocacional convocado por la Iglesia chilena, se ha hecho la invitación al III Encuentro de alumnos de colegios católicos, bajo el mismo lema inspirador de este año vocacional 2003, "TE HE LLAMADO POR TU NOMBRE".
Durante los dos días de desarrollo del Encuentro, los jóvenes pudieron escuchar una y otra vez la voz de la llamada a descubrir la vocación y la misión que el Señor tiene para cada uno.
El Señor que ama, llama y concede a cada joven llamado los dones y talentos para ser fiel a la vocación recibida, porque sólo acogiendo el proyecto que Dios tiene sobre cada uno se alcanzará la felicidad y la plena realización.
Los temas propuestos y los elocuentes testimonios de los invitados especiales, fueron orientando la reflexión y la búsqueda de lo esencial de la vocación "que es pensamiento providente del Creador sobre cada criatura, es su idea proyecto, como un sueño que está en el corazón de Dios, porque ama vivamente a la criatura".
No es fácil sintetizar la riqueza de la experiencia vivida durante estos dos intensos días. De una forma muy resumida, recogemos las principales ideas que quedaron resonando al finalizar este concurrido y vibrante Encuentro.
Hemos sido llamados a descubrir la vocación. Toda persona está llamada e encontrar su nombre y su identidad particular en el proyecto de Dios. La vocación es una opción que define la vida entera, es la manera concreta y definitiva de vivir que la persona descubre y elige.
El llamado a descubrir la vocación implica encontrar el verdadero sentido de la vida, desde una dimensión personal, comunitaria, social y trascendente.
No somos islas ni seres independientes, vivimos en una sociedad y estamos unidos los unos a los otros con múltiples vínculos de variada índole. Las llamadas del ambiente social nos llegan a través de los otros, de nuestra familia y del entorno en que nos desenvolvemos. Para discernir las sugerencias del medio social es preciso asumir que tenemos la responsabilidad de tomar la vida en nuestras manos. No siempre resulta fácil, porque los mensajes y las ofertas son muy variadas. Es difícil no caer en la propuesta de la sociedad actual, que sobre valora el tener, el poder, el éxito, forjando en nosotros una mentalidad competidora y consumista, que lleva a tener una actitud superficial sobre la vida, apreciando más el tener que el ser, olvidando los más bellos valores que anidan en el interior del ser humano.
Si bien es cierto que Dios dirige una llamada personal a cada uno por su nombre, no siempre encuentra una respuesta. Las situaciones de pecado personal y social cierran la puerta a la voz del Señor y se produce entonces una negación a la llamada. El dolor, la angustia, la pena, la soledad y el sufrimiento son signos del mal presente en la vida del joven. Estamos invitados a reconocer esta presencia del mal, a asumirlo y a ofrecerlo al Señor, porque Él puede transformar nuestras tinieblas en luz, y nuestros dolores en redención para la sociedad sedienta de perdón y de amor. Estamos invitados a dar vida, a ser portadores de la vida en abundancia que Jesús nos vino a traer.
Tocamos un punto neurálgico de la vida de todo joven y de toda persona, la realización afectiva. Se nos ha hecho necesario ahondar en el misterio de amor que somos cada uno de nosotros, como un individuo único con una tremenda capacidad de dar y recibir amor desde nuestra condición propia de ser hombre o mujer creado a imagen y semejanza de Dios. La existencia de cada uno es fruto del amor creador del Padre. La vida es amor recibido, por lo tanto, el proyecto vocacional del Padre, es una llamada a la realización plena y a ser feliz amando.
Descubrimos en nuestra vida las huellas positivas o negativas que han dejado las experiencias afectivas pasadas. somos arquitectos de nuestra historia afectiva. Reconocemos que habita en nosotros la profunda necesidad de ser amados mediante gestos y actos concretos, pero también sentimos un auténtico llamado a dar amor a los otros, a cultivar actitudes, gestos y palabras que lleven amor a los demás.
Desde el itinerario recorrido hasta este momento parece inevitable desencadenar en el servicio como expresión de amor y de entrega. Por eso, desde esta perspectiva servir es una gran alegría, porque efectivamente hay más alegría en dar que en recibir. La palabra servir adquiere un sentido nuevo y el Señor, "que vino servir y no a ser servido", nos antecede en este camino para salir de nosotros mismos, para mirar al otro y acudir a su encuentro. Tenemos la certeza y la convicción de que siempre podemos ofrecer algo al otro, sobre todo si tenemos en cuenta que una acción, aunque sea pequeña, pero hecha por y con amor le puede devolver la alegría y la dignidad al que sufre. El mismo Señor se identifica con el hermano sufriente y recibe como hecho a Él mismo nuestras obras de amor al prójimo.
Somos seguidores de Jesucristo y estamos llamados a la realización cristiana, es decir, a tener una experiencia de fe y de seguimiento de Cristo.
La vida cristiana consiste en vivir como Jesús vivió, siendo fiel al proyecto del Padre. Él nos regala la oportunidad de ser felices y de hacer felices a los demás.
El Señor nos llama a realizar actos concretos, a tener gestos y actitudes que manifiesten ante el mundo nuestra adhesión a Él. Quienes hemos tenido la dicha de sentirnos llamados por nuestro propio nombre nos sentimos también enviados a ser testigos y misioneros del Reino de Dios.
La tarea ahora comienza. Tenemos la responsabilidad de transformar nuestra existencia en anuncio y presencia de Cristo, prolongando en su Iglesia su misión redentora para que muchos otros jóvenes a través nuestro y con el testimonio de nuestra vida, se sientan llamados por su nombre a construir la civilización del amor y a proclamar el mensaje del Señor.
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