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"La formación humana, base de un contexto evangelizador"

Sergio Torres,
Universidad Cardenal Silva Henríquez

Introducción

La Vicaría para la Educación ha tenido la gentileza de invitarnos a un panel respecto al desafío de la "calidad de la Educación de un Colegio de Iglesia" desde perspectivas diferentes, pero complementarias: el Currículum; la gestión; y la pregunta por la formación humana, como base de un contexto evangelizador, correspondiéndome este último aspecto. Se trata de tres aspectos que, siendo diferentes en el análisis, conciernen a una realidad única. (conocimiento - profesores - jóvenes).

Es oportuno señalar que mi punto de partida comporta una opción metodológica. En efecto, el problema podemos plantearlo desde un "deber ser pedagógico" de hombre definido según alguna concepción del mundo o bien desde las situaciones de hecho que enfrentan las comunidades educativas. Opto por esta segunda alternativa, pues dada la complejidad del desafío formativo pienso que es importante buscar una pertinencia de nuestros planteamientos de cara a los desafíos actuales que cotidianamente están sintiendo las comunidades educativas.

Al mismo tiempo, este ejercicio lo hago consciente de las enormes demandas que hoy pesan sobre la Escuela. Pareciera que la sociedad entera tiene puesta su atención sobre el sistema educativo, solicitándole calidad y pertinencia, incluso respecto a situaciones sociales que ella misma no ha sabido resolver. En el hecho, la Escuela se percibe sobre exigida y sin capacidad de responder al conjunto de situaciones que desde el conjunto de la sociedad le plantean. (adecuación a las nuevas formas de producción; educación a la participación ciudadana, asunción de problemas psico-sociales, etc.)

Por consiguiente, más que responder de manera integral al tema que nos convoca, mi aspiración es sencillamente subrayar algunos presupuestos que hoy condicionan nuestra pregunta. Esto lo intentaré en tres momentos: primero, relativo a la crisis de la escuela en la sociedad contemporánea; segundo, la necesidad de restablecer el rol formativo en un nuevo contexto cultural; y finalmente, señalar algunos desafíos para la tarea formativa.

Un presupuesto básico: La crisis de la escuela en la sociedad contemporánea y su modelo formativo.

Es evidente que en los últimos decenios hemos asistido a una crisis de las funciones principales que la sociedad otorgó en el pasado a la escuela; formación de los cuadros dirigentes; cualificación para el trabajo; transmisión de la cultura. En efecto, la capacidad formativa de los sectores influyentes en la sociedad; las exigencias de mayor complejidad de los sistemas productivos; y la trasmisión de la cultura se han tornado complejos, relegando a al escuela a un rol complementario, y en algunos casos de escasa incidencia social. Sin captar la magnitud de la nueva relación entre escuela y sociedad, difícilmente podremos descubrir las demandas formativas que hoy se hacen a la escuela, cuestión que nos lleva fácilmente a una desazón social frente a la escuela.

Esta situación se ve acentuada - y cobra rasgos de incertidumbre - si constatamos las actuales tendencias en relación a la generación del conocimiento, la información y las comunicaciones en la sociedad actual y su impacto en las modalidades de producción, la política y las relaciones humanas.

Ciertamente, lo enunciado anteriormente nos exige constatar en primer lugar que el modelo formativo antaño asignado a la escuela, hoy ya no funciona en la práctica como antes, y se torna imperativo, tanto para la escuela como para el conjunto de la sociedad, volver a redimensionar dicho rol formativo. Me parece sano insistir que esa tarea no pertenece exclusivamente a los profesionales del mundo educativo, sino al conjunto de la sociedad.

Una proposición fundamental.

En segundo término, me parece esencial señalar que no es posible restablecer el rol formativo de la escuela sin asumir el contexto socio - cultural donde se inserta, y que condiciona fuertemente la orientación de la educación. Sin pretensiones mayores, elenco algunos rasgos de dicho contexto que impactan hoy a la escuela y condicionan nuestros presupuestos antropológicos a la hora de redimensionar nuestro rol formativo.

Estamos ante una cultura que replantea su identidad. Si por cultura entendemos el modo particular como en una sociedad concreta las personas cultivan su relación con la naturaleza, ente si mismos, con la trascendencia, y las "cosas", vemos que los referentes comunes han cambiado profundamente. A mi modo de ver, uno de los rasgos con mayor incidencia para el desafío que hoy nos convoca, dice relación con una decidida valoración del sujeto como criterio para dirimir la relación. Sin duda alguna, hemos asistido a un giro antropológico sustantivo y todo indica que la personalización que lleva consigo una valoración por el respeto y la tolerancia, la conciencia de derechos, igual dignidad como factores de regulación de nuestra relación social, nos dejan abierta la pregunta por la subjetividad. ¿Qué tipo de persona forma hoy la escuela?

La hegemonía del mercado como eje estructurante de orden social. En el ámbito económico se ha instalado con gran nitidez el predominio del mercado como motor principal de la actividad económica. Dicho predominio ha cobrado tal fuerza que no parece exagerado afirmar que ya no es el bien común, sino el factor económico el eje ordenador del orden social. ¿Cómo responde hoy la escuela, ante la complejidad creciente de la inserción laboral?

Los grados crecientes de insatisfacción por el modo concreto de cómo se comportan las instituciones democráticas pareciera ser otro de los rasgos característicos de nuestra cultura y que desafían los modelos formativos. Asistimos a un divorcio entre la creciente "despolitización" de los ciudadanos de un comportamiento clásico que pareciera hacer de poder un fin en si mismo y donde predomina un planteamiento fuertemente ideológico. ¿Es posible una educación a la ciudadanía responsable?

Finalmente, un colegio católico no puede pasar por alto los cambios profundos en el fenómeno religioso, observable a nivel de pertenencia, conocimiento, actitudes y prácticas religiosas. Antes, la religiosidad era parte de la realidad. Hoy, sin embargo, la vivencia religiosa no está exenta de sospecha. Ciertamente, está pendiente todavía una mayor atención a este proceso que nos ha conducido a una concepción del mundo y a una praxis que prescinde de su fundamento trascendente, para considerar sólo su aspecto inmanente. ¿Nuestra tarea educativa tiene en cuenta aquello?

Algunos desafíos para la tarea formativa.

Lejos de sumarnos acríticamente a las modas o ceder a la tentación de un negativismo cultural paralizante, nuestro contexto nos invita a un profundo discernimiento y a replantear nuestra tarea formativa. Por ello me permito consignar algunos desafíos.

Nueva época, nueva actitud.

Necesidad de diálogo con la cultura emergente el cual debemos realizarlo desde nuestra identidad, pero que no puede encerrarnos en una actitud de negación indistinta de la cultura. Pareciera que la primera señal de necesitamos dar es saber cómo asumimos esta suerte de encrucijada de la cultura actual: si con una actitud de negación o bien escrutando junto a los hombres de buen voluntad los signos de los tiempos. Denunciando la negatividad, purificando lo errores, pero no negando el curso del acontecer histórico. Así, el reto de la cultura se torna una ocasión de humanización para el desafío formativo.

Releer nuestra intencionalidad educativa.

Al mismo tiempo, es oportuno señalar que al interior de la Iglesia estamos llamados a asumir una actitud auto-evaluativa respecto a nuestra propia intención educativa. El Concilio Vaticano II nos recuerda que: "La verdadera educación persigue la formación de la persona humana en orden a su fin último y, al mismo tiempo, el bien de las sociedades, de las que el hombre es miembro y en cuyas obligaciones participará una vez llegado a adulto"(G.E., 1)

Lejos de mi intención dar por acabada la riqueza del magistrado que poseemos al respecto. Mi pretensión es acotada al señalar la necesidad de evaluar la articulación entre los modelos formativos y nuestra identidad católica, la cual es asumida, o al menos percibida, como elementos yuxtapuestos. La orientación magisterial al respecto es clara: se trata de la formación humana, en todas sus dimensiones y no una instrumentalización de la educación, como en ocasiones se deja sentir. Dicho en términos positivos, el camino a recorrer es el de la inseparable relación entre evangelización y promoción humana, al interior de nuestra tradición.

No pretendemos una actitud dicotómica, la tradición cristiana cuenta con una riqueza insondable apoyada en una antropología unitaria e integradora de la persona humana. Desde ese punto de vista, podemos sumarnos sin complejos en pos de construir una sociedad educativa, como nos señalan algunos.

La Educación como “camino privilegiado para promover la inculturación del Evangelio”. (OO.PP., 235).

La tarea formativa no puede agotarse sólo en un replanteamiento antropológico, al menos en un colegio busque vivir en coherencia su fe y su pertenencia eclesial. Ciertamente, no es la cultura la medida del evangelio, sino una persona - Jesús, el Cristo - la medida de toda cultura y obra. No obstante, si queremos hacernos con pertinencia la pregunta por nuestra identidad de colegios de Iglesia debemos precisar lo específico de la tarea o la modalidad con la que un colegio evangeliza, así como no es justo que la sociedad asigne sólo a la escuela la responsabilidad formativa, pienso que no es justo que la comunidad eclesial responsabilice indistintamente a la escuela de la labor evangelizadora. Es la comunidad eclesial, toda ella entera, la que educa en la fe, especialmente a través de su testimonio. ¿Qué es lo específico esperable de la escuela católica? Creo entender nuestro magisterio en este ámbito como un llamado especial para favorecer la relación fe y cultura, un camino privilegiado para promover la inculturación del Evangelio como tan acertadamente lo señalan las Orientaciones de nuestros pastores. Al mirar el estado del arte, todos sabemos cuánto hay por hacer en este sentido, pues aún siguen tendiendo plena validez las palabras señeras del Papa Pablo VI cuando dijera que el drama de nuestra época es el divorcio entre la cultura y la fe. ¿No es acaso el desafío mayor y programático para toda obra que aspire a asumir sinceramente su labor educativa inspirada en el Evangelio?